Relato escrito por: Heriberto Arias Morales.
Una Velada Especial, segunda parte:
Los espacios reducidos son especialmente reconfortantes cuando la combinación de los colores es la adecuada. Además, aquel sitio tenía una esmerada decoración, la mente se pierde cuando te recreas en los hermosos bodegones de estupendas frutas escogidas de entre lo mejor de la imaginación del artista y entre el que cuelga ligeramente ladeado a la izquierda donde se cuelga un jabalí asado para unos comensales que esperan pacientemente sobre el verde manto que se extiende por el prado. ¿Dónde habrá viajado el artista que encontró tan bello paraje?
Has decidido esperar un poco antes de pedir nada. Creo que comenzar con Martini es lo apropiado para romper un poco el hielo, esa bebida la probaste por primera vez cuando por descuido tu padre dejó la botella a tu alcance cuando tenías doce años. La curiosidad fue mayor, como siempre, que cualquier principio de cordura, ¿aún recuerdas como se deslizó aquel líquido magmático? ¡Porque aquello quemaba, caramba! Esa fue la mejor explicación que encontraste cuando se lo comentaste a las amigas el día siguiente, con la resaca a cuestas, la boca de ellas caían cuando le explicabas sus efectos, bueno todas menos Magda que ya sabía de lo que hablabas.
Por unos momentos saliste de aquella sala y te refugiaste en recuerdos, se te notaba nerviosa y aunque atendías cuando hablabas el semblante denotaba ausencia.
De momento lo único que se mueve son los ojos, buscando aquí y allí algo que sé definir, pero me niego a creer que sea algún tipo de impaciencia.
Cuando he vertido el vino en la copa ha sido un momento de especial recuerdo para mí, creo que ya no lo podré olvidar nunca, cuando lo he decantado y ha rebotado hacia arriba he visto tu belleza en todas y cada una de las gotas que salpicaban el hermoso cristal. Luego cuando lo has catado ¡Dios! qué espasmo ha recorrido mi cuerpo, parecía que todo él se retorcía de placer, pues la bocanada de vida ha sido el éxtasis.
Has acabado con las barritas de zanahoria y puerro que se han servido con el vino del que pronto comenzarás la segunda copa, estoy muy atento a tus deseos. Demasiado fresco y con un sólo gesto tuyo la ventana se ha cerrado. Ahora has podido quitarte la chaqueta y has dejado que contemplemos como la elegancia adquiere significado contigo. La hermosa ristra de perlas que pende de tu cuello y junto a una hermosa pulsera son un complemento perfecto, y desde luego lo que nunca escaparía a la vista de cualquier persona con la que te cruzaras es la elegancia con la que vistes, hay un gusto exquisito en la combinación, y seguro que en ella hay invertidas muchas horas de detenida observación para ser elegidas.
De repente ha emergido otra vez tu sonrisa, el lugar se ha iluminado como nunca antes había visto. Te has puesto en pie, no sé cómo, quizás levites, no lo sé. Si tus ojos brillaban antes, ahora son dos luceros (quizá era esa la palabra que antes buscaba, “luceros”) que se han prendido y sus haces iluminan el camino de la persona que acaba de entrar, casi te ha faltado tiempo para rodearle con tus largos brazos. Llevando tacones y al ser él bastante más alto has tenido que ponerte de puntillas para besar sus mejillas. Con cuánta entrega y dulzura le has mirado y le has abrazado después, le has cogido de la mano y le has mostrado el camino hasta la mesa que hace sólo unos instantes ocupábamos los dos solos.
He tenido suerte, pues al pasar junto a mí he podido ver gran parte de esa felicidad que derrochas y quizás por última vez he llegado a percibir el suave aroma de tu perfume.
Cuando la velada acabó y te giraste para darme la propina, de tu sonrisa quedé suficientemente pagado. Sueño ya con el día de mañana en el que aparezca una nueva aventura para mí, seguro.

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