Se despertó, como siempre, sin hacer ruido… Se levantó de aquella cama dónde estaba junto al único hombre que jamás amaría. Era temprano, así que se dirigió a la ventana a contemplar la puesta de sol… Pronto, las manos de aquél hombre amarraron su cintura, dejando su cuello caer en su cálido hombro. Él había notado que no estaba porque había dejado un vacío frío en la cama, haciéndole estremecer del miedo que sintió al pensar que lo pasado la noche anterior era sólo un sueño… Le había declarado su amor en aquella misma ventana hacía sólo unas horas, dónde se encendió la pasión que luego se había extendido a lo largo de toda la noche.
Llevaban años deseando que ocurriese, que sus corazones latieran al mismo compás, que, al fin, sus miradas no fuesen interrumpidas por terceras personas que envidiaban el amor con el que se miraban. Todos lo habían notado, todos, menos ellos mismos.
Cuando el sol acabó por ponerse en pie, la abrazó aún más fuerte, ella dio media vuelta y sus labios rozaron los de él con una intensidad que aquél beso acabó en risas. Sí, eso era lo que había… Risas y sonrisas, felicidad que rebosaba cada punto de sus cuerpos… amor que dejaba en cada uno de aquellos besos un pedazo de uno en el otro, complementándose así de una manera que nada podía hacer que se dejaran de amar, en ese y en ningún momento.
Sólo cuando tuvieron que despedirse para no entrar juntos en el trabajo fue cuando sintieron que ya no podían vivir sin el otro. Los demás compañeros de trabajo empezarían a rumorear sobre ellos… pero.. ¿qué más daba? Eran felices, se amaban, y acabarían por enterarse.
Así que, finalmente, decidieron ir juntos y, a partir de aquél día, demostrar su amor para siempre.
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